
Por Marisol Aguila Bettancourt. Periodista y crítica de cine.
Cartas con un límite de dos páginas de 25 líneas cada una, márgenes de 3 centímetros y la imposibilidad de usar paréntesis, guiones y otros signos (porque eran revisadas por los censores durante la dictadura uruguaya), fueron la única forma en que la entonces pequeña Inés pudo comunicarse con su padre que fue preso político por 14 años, como lo vemos en el emotivo documental La nieve entre los dos del director, guionista y productor uruguayo Pablo Martínez Pessi.
En su cuarta película (filmada en la septentrional Kiruna con 35° bajo cero), el realizador aborda el punto de vista de las tres hijas, que junto a su madre debieron exiliarse en Suecia cuando su padre estaba detenido, con la mirada particular de Inés, que a lo largo de la película va recorriendo las distintas etapas del vínculo afectivo con su padre construido a la distancia a través de las cartas.
Como si fuera a volver pronto, Inés insistía en que siempre hubiera un lugar para su padre en la mesa para que no desapareciera y sufría cuando las cartas se retrasaban en llegar.
Como hermana mayor, pesaba sobre Inés la responsabilidad de escribir por tantos años a su padre («yo escribía lo que se esperaba de mí», reconoce) y hacer que sus hermanas también lo hicieran, lo que las debatía entre una genuina expresión de amor filial y una figura que empezaba a desdibujarse porque lo dejaron de ver cuando eran niñas y ya eran adolescentes con una nueva vida en Suecia.
Como si fuera a volver pronto, Inés insistía en que siempre hubiera un lugar para su padre en la mesa para que no desapareciera y sufría cuando las cartas se retrasaban, imaginando que él estaba viviendo los peores padecimientos. Con el paso del tiempo fue olvidando cómo era su rostro y su voz, por lo que se aferró a la única y antigua foto que tenían de él, en la que en algún momento llegó a tener la misma edad que sus hijas.

Padre exigente y demandante de las cartas casi como una forma de resistir desde el afecto de su familia frente al horror de la cárcel, trataba a Inés como «compañera» o «mi mejor amiga», como si la niña fuera una adulta o una par.
Esa misma pequeña que descubrió la historia de su padre Juan José Noueched en el cuento «La burocracia» en El Libro de los Abrazos del gran escritor uruguayo Eduardo Galeano, en que un preso fue castigado por poner una sola mano en la espalda cuando la orden era caminar en fila y llevar las dos atrás, pero era manco. De mayor, Inés se casó con un chileno que era hijo del médico de Salvador Allende que estuvo con él en el bombardeo a La Moneda.
Integrante del Movimiento de Liberación Nacional durante la dictadura uruguaya, las hermanas nunca cuestionaron la decisión de su padre de convertirse en tupamaro, si era la vía armada era la única alternativa que tenía o si habían elegido el camino correcto. «Estábamos orgullosas, pero la realidad era que no sabía quién eras, papá».
La persistencia de la relación filial a distancia que mantuvo un amor alimentado de la palabra escrita, pasó a una nueva etapa cuando advino la democracia, la liberación y el reencuentro para tratar de ser una figura paterna para sus hijas ya crecidas, que la ausencia por la dictadura le arrebató.
La cuestión de la identidad personal es un tópico siempre presente al abordar el exilio, más si los desarraigados eran niños y niñas cuando sus padres debieron dejar su país perseguidos por las dictaduras latinoamericanas de los setenta, temática que el director ya había abordado en su segundo documental Tus padres volverán (2015).
La película le sigue la pista a seis de los 154 niños y niñas que en 1983 tenían entre 3 a 17 años y fueron parte de un inédito proyecto de la resistencia uruguaya en el exilio con apoyo del gobierno español, que los llevó en un viaje por dos semanas desde sus países de acogida en Europa hasta el anhelado Uruguay, al cual sus padres no podían entrar.
Ya adultos, los hijos e hijas de exiliados recuerdan el viaje desde Bélgica, Madrid o Dinamarca al país originario de sus padres, que en algunos casos implicó la alegría de visitar o conocer a sus familiares y ser recibidos masivamente en las calles por los uruguayos, que cantaban «Tus padres volverán» de El Sabalero y «El pueblo unido jamás será vencido» del grupo chileno Quilapayún. En otros casos, les implicó angustia y el trauma de visitar a sus padres en la cárcel y sentirlos como unos desconocidos, tras ser criados por sus abuelos en su ausencia.

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