
Por Marisol Aguila Bettancourt. Periodista y Magíster (c) en Ciencia Política.
A un mes de la llegada al poder de un gobierno de extrema derecha que implica un cambio en el ciclo político chileno con un giro neoconservador, se evidenció su carácter dogmático en materia económica; la aplicación de un patrón desregulador impulsado por una alianza internacional; y sus afanes de restauración de un modelo basado en el orden y el autoritarismo portaliano, que rápidamente le restaron popularidad al aplicar una política de shock económico, constatando un rápido fin de la luna de miel.
No deja de ser llamativo que la frenética gestión del presidente Kast en sus primeros días de gobierno -que optó por el copamiento de la agenda con la retórica de la «emergencia», anuncios de recortes o retiro de decretos de Contraloría, para dar una señal a su núcleo duro-, haya encontrado una también rápida reacción a 11 días del cambio de mando en los jóvenes que marcharon en rechazo a retrocesos ambientales.
La aceleración gubernamental por poner toda la carne a la parrilla no sólo aumenta probabilísticamente la posibilidad de cometer errores (la «ranita de Darwin» o el «pingüino de Humbold» se convirtieron en víctimas del frenesí), sino que pareciera activar proporcionalmente la reacción ciudadana, si al análisis técnico/ideológico no se agrega el impacto político y social de medidas de ajuste. El mejor ejemplo es el anuncio de Hacienda de hacer cambios al MEPCO, justo en medio de una crisis internacional por el incremento del precio del petróleo.
Vale la pena recordar que el de Kast es un gobierno de minoría electoral -como ha señalado el cientista político y Director Alterno de ASOR, Claudio Fuentes– que ganó en segunda vuelta con «votos prestados», dado que en la primera obtuvo el apoyo de sólo 24% del electorado, que es su segmento más incondicional. Si bien la ciudadanía tiene entre sus principales preocupaciones la inseguridad, la economía o la migración irregular -temáticas más vinculadas a la derecha-, su apoyo a la «recuperación» del orden no implica un respaldo a un modelo conservador en otras áreas de la vida social y cultural. Chile se «derechizó» en algunos aspectos, no en todos.
En este nuevo ciclo político que parece haber dejado atrás el clivaje Autoritario/Democrático, que tuvo una dimensión explicativa de las preferencias electorales desde la transición democrática y que podría ser reemplazado (aunque insuficientemente) por la tensión entre Refundación/Restauración (como ocurrió con los proyectos constitucionales), no podemos dejar de tener en cuenta la lógica pendular de votantes con decisiones cada vez más desideologizadas y líquidas.
En términos del circuito del desapego propuesto por la socióloga y directora del Instituto sobre Autoridad y Regulación Social, Kathya Araujo, las y los chilenos viven un distanciamiento y desidentificación con la vida social y política, vinculándose con ella de manera discrecional y puntual. Los ciudadanos entran y salen, miran de lejos, observan sin involucrarse, pero también pueden participar socialmente en algo puntual y luego volver a desaparecer de la escena pública.
Ello podría explicar que tras la masiva movilización social del 2019 en contra de los abusos y a favor de los derechos sociales, la ciudadanía haya optado por ausentarse de la calle después de haber analizado los altos costos que implicó la protesta para el pueblo (pérdidas humanas, traumas oculares, perjuicios económicos).
Pero frente a amenazas puntuales (el retiro de 43 decretos ambientales), una parte de ella dejó su postura de observador y se reactivó en masivas marchas ambientales en varias regiones del país. En los individuos pueden coexistir un interés de consumo propio del sistema neoliberal, exigencias de “mano dura” en materia de seguridad y, a la vez, movilizarse por causas sociales, culturales o ambientales puntuales, bajo consignas como «Si el planeta fuera empresa, ya lo habrían salvado».
A dos semanas de la asunción del nuevo gobierno, fueron las organizaciones de estudiantes secundarios y universitarios quienes también se movilizaron contra el retrocesos por la limitación del acceso a la gratuidad en la educación superior, la eliminación de Becas Chile y el aumento de la bencina, replicando imágenes de manifestaciones en las calles que no se veían hace años.
Fin de la “luna de miel”
Sumando a lo anterior la tendencia oposicionista de una ciudadanía que crecientemente mostrará su descontento con el gobierno de turno sin importar su orientación política, no sorprende que -según Cadem- a poco más de una semana de su acelerada instalación el gobierno de Kast haya bajado seis puntos en su aprobación (51%) y aumentado seis en su rechazo (42%).
Apenas a dos semanas de asumir, Panel Ciudadano consignó un 48% de rechazo, tras el anuncio del “bencinazo”, y una aprobación de 42% (desaprobación mayor que el apoyo). A tres semanas, según Cadem la desaprobación llegó a 53%; 78% cree que la economía está estancada o retrocediendo y la principal preocupación económica es el aumento general de precios con 59%.
Los votos prestados son los primeros arrepentidos cuando las medidas de «emergencia» afectan a la ciudadanía (aumento del precio de los combustibles, recortes de beneficios sociales, revisión 40 hrs) y favorecen al 1% más rico (rebaja impuesto patrimonial, a la herencia y a las ganancias del capital), reactivando un proceso de crítica y eventual movilización social de sectores específicos que refuerza la distancia entre representantes y representados.-

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