
Por Marisol Aguila Bettancourt. Periodista y crítica de cine.
El Festival Internacional de Cine de Viña del Mar -el más antiguo de Chile, fundado en 1967 por el maestro Aldo Francia como el Primer Festival de Cine Latinoamericano, que tuvo un receso en dictadura y se retoma con el Festival del Encuentro en la vuelta a la democracia-, mantiene y refuerza en su 36° edición el espíritu fundacional del Nuevo Cine Latinoamericano de entonces con una curatoría que destaca propuestas cinematográficas más alejadas del cine industrial; que tienen sensibilidad con conflictos sociales, culturales y políticos de Latinoamérica; y una mirada personal del autor o autora.
Como parte del equipo de programación del FicViña, quisiera destacar algunas películas latinoamericanas en ficción, documental y cine chileno que representan espacios de resistencia desde el lenguaje cinematográfico, expandiendo sus posibilidades con gran libertad creativa, representando otras voces en la pantalla grande, documentando discusiones políticas que siguen vigentes, cruzando la mirada autobiográfica con lo colectivo o planteando temas que siguen siendo tabú en nuestras sociedades.
El Jockey, Luis Ortega (Argentina)/Película inaugural
El director argentino Luis Ortega (El ángel, Historia de un clan) se topó una vez en la calle con una excéntrica figura mitad hombre mitad mujer, con un tapado de piel y una cartera; la siguió y tras entrar a varias farmacias para pesarse, le dijo: «Peso cero en todas las balanzas; no existo, pero me persiguen». Este personaje real fue el disparador del personaje de Remo Manfredini (notable Nahuel Pérez Biscayart), un jinete alcoholizado, con problemas de identidad que toma las drogas de los caballos, en la delirante, extraña y fascinante ficción El Jockey, con que se inauguró la 36° edición del FicViña en la vuelta al Teatro Municipal de Viña del Mar después de quince años.
Con toques surrealistas, situaciones disparatadas y un dosificado humor, El Jockey es un juego en el que hay que dejarse llevar a veces sin tratar de entender, tal como Manfredini al deambular por las calles porteñas tras sufrir un accidente en el caballo fina sangre japonés Manshini, casi como una liberación de las imposiciones del mafioso Sirena (el mexicano Daniel Giménez Cacho, que interpretó a Zama de Lucrecia Martel). Como un bebé (hay varios distintos en brazos de Sirena y sus matones) que mira por primera vez el mundo, el antiguo Manfredini convertido en Dolores se maravilla con los sencillos detalles del respirar de la ciudad.
La banda sonora de la película, con temas de Virus, Palito Ortega (padre del director) o Piero es un personaje en sí mismo, que pone la música a alucinantes coreografías de Manfredini con su novia Abril (la española Úrsula Corberó) o la chilena Mariana Di Girolamo, ambas jockey que se apoyan en la espera de la hija de la primera.
La película representante de Argentina a los premios Oscar y Goya cuenta con la fotografía de Timo Salinen, quien ha estado a cargo de la cinematografía de la obra de Aki Kaurismaki, por lo que la iluminación y puesta en escena tiene una clara y reconocible influencia del director notable finlandés.
Todo documento de civilización, Tatiana Mazú (Argentina)
Luciano Arruga era un chico pobre de 16 años sin antecedentes penales que arrastraba un carretón, amaba los libros de Julio Verne, era hijo de jefa de hogar sin más familia que lo pudiera defender y a veces no tenía ni para comer. Su pecado fue negarse a robar para la policía y por eso ésta lo detuvo, lo hizo desaparecer y tiró su cuerpo en Avda. General Paz en la localidad de La Matanza en la Provincia de Buenos Aires para simular un accidente de tránsito. Su cuerpo estuvo desaparecido desde el 2009 al 2014, cuando se lo encontró ilegalmente enterrado como NN. La documentalista argentina Tatiana Mazú retoma este caso de desaparición en democracia en Todo documento de civilización, como una denuncia de viejas prácticas policiales que permanecen y se reactivan con la peligrosa doctrina Bullrich de seguridad y represión en la brutal era de Milei.
Piel de vidrio, Denise Zmekhol (Brasil)
Documental autobiográfico de una hija que busca reconciliarse con la figura de su padre, reflexión sobre el derecho a la vivienda y patrimonio arquitectónico de la ciudad de Sao Paulo y recorrido por la historia reciente de Brasil, son algunas de las múltiples capas que conforman Piel de vidrio, nombre del edificio que construyó el padre de la directora Denise Zimekhol, Roger, un inmigrante sirio que abandonó a su familia. La Constitución brasileña consagra el derecho a la vivienda y dada la función social de las propiedades, obliga a darle uso a las viviendas desaprovechas, como hicieron los ocupas con el edificio inicialmente símbolo modernista de apertura y luz, que en dictadura se oscureció convertido en centro de miedo y vigilancia, y luego fue abandonado y hasta incendiado.
Memorias de un cuerpo que arde, Antonella Sudasassi (Costa Rica)
Los cuerpos de las mujeres históricamente han sido un territorio de conquista para ejércitos, padres, parejas y todo un entramado patriarcal que busca reprimirlos, restringiéndoles su autonomía y sus derechos sexuales y reproductivos, e imponiéndoles hasta la forma en que deberían verse y vestirse. En el documental representante de Costa Rica a los Oscar Memorias de un cuerpo que arde, la directora Antonella Sudasassi recupera los cuerpos para las propias mujeres, centrando los testimonios de tres de ellas en un solo relato, con voces en off de quienes prefieren mantenerse en el anonimato y recreaciones ficcionales de distintas etapas de su vida. Y lo hace con énfasis en el placer de mujeres que fueron educadas en la represión y el machismo, pero que en su madurez son capaces de visibilizar y verbalizar lo que sentían y todavía sienten.
Una luz negra, Alberto Hayden (Chile)

Cómo las personas existimos de manera esparcida, en la mirada del otro, en su recuerdo y también en los archivos dejados en el mundo digital como en una existencia paralela, es la premisa de Una luz negra de Alberto Hayden, en que Josefina (Patricia Rivadeneira) descubre que su hijo fallecido cuatro años antes comparte el mismo nombre y apellidos que el arquitecto Jorge (Francisco Pérez-Bannen), que también tiene un extraordinario parecido físico con él. El misterio de la coincidencia de nombres, la investigación genealógica para tratar de explicarlo y la ilusión de Josefina de encontrar en Jorge algo del hijo perdido, se toma la primera parte; mientras en la segunda, el filme va cambiando el punto de vista hacia el duelo atrasado de Josefina que se aferra a la ausencia/presencia de su hijo, donde la casa que habita toma un rol fundamental.
Sariri, Laura Donoso (Chile)
Tradiciones que vulneran los derechos de las niñas, matrimonio forzado a corta edad, supersticiones y leyendas machistas asociadas a la cultura minera en el pueblo de La Lágrima (no pudo ser mejor elegido el nombre, dado el dolor de sus habitantes mujeres) son las temáticas de la ficción Sariri de la directora chilena Laura Donoso, filmada en la localidad de Condoriaco en el desierto de Atacama. Las reglas las ponen los hombres en el pueblo de La Lágrima que no se enteró de los progresos civilizatorios conquistados por las mujeres, como un lugar distópico en que no sólo no se cuestionan los roles de género tradicionales que las limitan al ámbito privado del hogar, sino que derechamente se vulnera el derecho a la integridad física y psicológica de las niñas y mujeres.
Oasis, Tamara Uribe y Felipe Morgado (Chile)
A cinco años del estallido social y a tres del primer proceso constituyente, que un documental no pierda la vigencia y presente nuevas miradas sobre los mismos acontecimientos históricos que registraron tantos otros ojos y cámaras, es un desafío de envergadura. Más aún cuando desde la oligarquía se ha instalado una narrativa perversa y contaminada que considera la legítima movilización social como «octubrismo». El colectivo Mapa Fílmico de un País (MAFI) lleva su rigurosa observación documental con sus característicos planos fijos a un nivel superior en Oasis, dirigido por Tamara Uribe y Felipe Morgado, que nos habla de la fractura que se mantiene en el Chile de hoy. Son las mismas fuerzas que se enfrentaron en las calles durante la revuelta popular; en los salones del ex Congreso durante la Convención Constitucional; en las zonas de sacrificio donde las comunidades sufren las consecuencias del modelo.

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