
Por Marisol Aguila Bettancourt. Periodista y crítica de cine.
¿Cuántas veces se tiene que contar una historia para que no sea olvidada?, se pregunta Ingrid junto a Franz en su precaria casa en medio de la nieve, en el largometraje Aullido de invierno de Matías Rojas Valencia, que combina el testimonio documental de dos ancianos que sobrevivieron a la barbarie de Colonia Dignidad, con una ficción sobre la culpa de una mujer que fue partícipe de violaciones a los derechos humanos en dictadura.
Franz fue el primer chileno en llegar a la Colonia, donde no fue adoptado por los alemanes, sino secuestrado y aislado en el hospital por décadas, en que le aplicaron torturas con electroshock. A Ingrid le estaba prohibido siquiera mirar a personas del sexo opuesto, mientras vivía separada de su familia y obligada a trabajar en condiciones de esclavitud, al igual que otros jóvenes colonos.

Antes de lograr estar juntos, Ingrid y Franz vivieron cuarenta años de aislamiento en un lugar donde estaban prohibidas las relaciones afectivas, secuestrados en el enclave alemán que fue un Estado dentro de otro Estado, convertido en centro clandestino de detención y tortura por Paul Schaeffer en colaboración con la DINA en dictadura.
El tercer largometraje de Rojas Valencia surge a partir de entrevistas realizadas en el proceso de investigación de su película anterior, la ficción Un lugar llamado dignidad de 2021, que también está centrada en Colonia Dignidad, pero desde el punto de vista de un niño chileno abusado por el pedófilo Paul Schaeffer en una atmósfera de horror, manipulación y maltrato.
Según Franz, el aullido de un perro recuerda la presencia de una persona fallecida y cuanto más intenso es, más sufrimiento experimentó dicha persona.
Aullido de invierno no se constituye en un híbrido propiamente tal entre ficción y documental, sino que el director se arriesga a plantear estructuras narrativas separadas entre los dos géneros, conectadas por la temática de las violaciones a los derechos humanos en dictadura y al interior del enclave alemán (que surgieron en la década del sesenta y se mantuvieron hasta entrado el siglo XXI, traspasando gobiernos de distintos signos), medio siglo después.
Como en una película dentro de otra película (como metáfora de un Estado dentro de otro), la primera y la tercera parte de Aullido de invierno responden a un documental de observación del vínculo y reflexiones de Ingrid y Franz, sobrevivientes de tortura, tratos crueles, inhumanos y degradantes. En la segunda aparece la ficción, donde una mujer (interpretada por Paulina García) intenta quebrar los pactos de silencio y buscar el perdón en un gesto de redención que alivie su culpa.
Según Franz, el aullido de un perro recuerda la presencia de una persona fallecida y cuanto más intenso es, más sufrimiento experimentó dicha persona. Aullido de invierno (ganadora de la competencia nacional de Sanfic, ex aequo con La fabulosa máquina de cosechar oro de Alfredo Pourailly) vuelve a contar hechos del pasado, como un grito desesperado contra la impunidad y el olvido.

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