
Por Marisol Aguila Bettancourt. Periodista y crítica de cine.
La violencia simbólica que representa la cosificación del cuerpo de las mujeres tan persistente en el cine clásico y la publicidad, se convierte en la dirección de la realizadora y guionista francesa Coraline Fargeat en una violencia explícita de body horror en la ficción La Sustancia, estreno Mubi Latinoamérica que viene precedido del premio a Mejor Guión en el Festival de Cannes de este año.
Con una propuesta radical y grotesca que se vuelve derechamente gore en la segunda parte de esta película de larga extensión (244 minutos) que por momentos se hace difícil de visionar, Fargeat homenajea a las películas clase B de los ochentas con ríos de sangre, vísceras y cuerpos de mujeres intervenidos en búsqueda de la eterna juventud, que devienen en monstruosidades deformes.
La elección de la propia actriz Demi Moore como protagonista no pudo ser más certera en el casting de The Substance como «una mujer que encarna un mito y un símbolo en sí misma», cuyas fotos de su rostro intervenido a sus sesenta años hace algún tiempo causaron impacto en redes sociales, constituyéndose en una suerte de víctima de la industria hollywoodense que -como tantas otras actrices- debió intervenir su cuerpo para optar a más oportunidades de trabajo.

Moore da vida y pone el cuerpo (literal) a Elizabeth Sparkle, una mujer que en su tiempo ganó un Oscar, tiene una estrella de la fama y realiza un programa televisivo de ejercicios a lo Jane Fonda en los ochenta. El mismo día en que cumplió cincuenta años es despedida por Harvey, un machista, grotesco y chabacano productor inspirado en la figura de Harvey Weinstein, cuyos abusos generaron la rebelión de las actrices de Hollywood en el movimiento #MeToo.
Al cumplir cuarenta años, Fargeat reflexionó sobre las exigencias estéticas y de eterna juventud que el sistema hace particularmente a las mujeres, cuestionando el sexismo y la discriminación por edad. La directora francesa traspasó su preocupación al lenguaje del horror corporal en la línea de su mayor exponente David Cronenberg y de su compatriota Julia Ducournau (Titane, 2021), pero desde una mirada feminista en un género particularmente masculinizado en el que ya había incursionado con su primera película Revenge (Venganza) de 2017.
Dichas presiones son las que Elizabeth Sparkle sufre sobre su propio cuerpo (que escucha por casualidad una desalmada crítica de Harvey a su edad) y la harán sucumbir a una oportunidad extrema de rejuvenecer, por lo que acepta una invitación anónima a consumir una «sustancia» que le devolverá la juventud. Ha perdido su posición y está perdiendo firmeza y belleza, ¿qué más podría perder?
¿Quién podría resistirse a tener una versión mejorada de sí misma/o, más joven, más bella/o y desbordante de energía que ofrece la sustancia? Más aún, si es una mujer que al cumplir cincuenta años es despedida como conductora de un programa de ejercicios en televisión y buscan reemplazarla por una figura juvenil (que terminará siendo ella misma)?
Vestida de su icónico abrigo amarillo que la acompañará durante todo el proceso de transformación (en una puesta en escena kitsch, con fuertes colores y con estética ochentera), Elizabeth se adentra a un sucio depósito para recoger “la sustancia”. La activación se realiza una sola vez con una inyección y la estabilización debe ser diaria.
Desde la columna de «la matriz» -Elisabeth- surgirá otra versión de sí misma más joven (Sue, interpretada por Margaret Qualley) que estará activa una semana y, a la siguiente, vuelve la Sparkle original, generando dos cuerpos de una misma mujer en que lo que se usa en uno, se altera en el otro. Sue representa el arquetipo de Lolita, como una joven que aparece ingenua y con voz dulce (con un persistente gesto de morderse los labios) agradable a la mirada masculina.

Como si se tratara de una pugna a lo Jekyll y Hyde, el cuerpo de Elisabeth/Sue se constituye en sí mismo en un campo de batalla donde se enfrentan internamente vitalidad y senectud representadas por dos identidades dentro de una misma mujer: la madura que ve cómo su versión joven va desplazándola incumpliendo las reglas para disfrutar más tiempo del éxito y los placeres, y la muchacha que ve a la vieja como un obstáculo que llena el cuerpo de ambas con comida frente al televisor.
Desde una perspectiva feminista, la reiterada desnudez de Moore y Qualley en primerísimos primeros planos para acercarse a sus cuerpos tan expuestos, incomoda pero no por su erotismo (las imágenes no están hechas para el placer visual masculino), sino porque exponen la brutalidad del mandato y los estereotipos de género hasta el horror. Las imágenes se desprenden de su carga erótica para imbuirse de una crítica extrema y sangrienta (a lo Carrie de Brian de Palma de 1976) sobre lo que una industria machista y sexista espera de una mujer.
Ya nos alertaba Laura Mulvey en 1975 en su obra “Placer visual y cine narrativo”, que el sistema de representación hegemónico del cine en Hollywood reproduce y refuerza las dinámicas de dominación patriarcal a través de su estructura visual y narrativa, constituyendo una mirada masculina. El cuerpo de las mujeres se convierte en objeto de consumo en torno al cual se desprende el placer visual masculino. En La Sustancia, Coralie Farget -que estudió ciencias políticas en el Instituto de Estudios Políticos de Paris- hace una inteligente apuesta política al exponer la violencia simbólica que sufren los cuerpos de las mujeres y evidenciar la mirada masculina y su placer visual, apropiándose del género de transformación corporal desde un lugar feminista y poniendo en el centro del debate la violencia simbólica devenida en horror.

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