
Por Marisol Aguila Bettancourt. Periodista y crítica de cine.
La edición aniversario del Santiago Festival Internacional de Cine (SANFIC) celebrando sus veinte años, viene cargada de estrenos de películas chilenas y latinoamericanas que combinan tanto reivindicaciones sociales y políticas en localidades aisladas, como los universos intimistas de personas que enfrentan un duelo o se resisten a alejarse de estructuras mentales restrictivas.
En el 20° SANFIC encontramos desarrollados y complejos personajes retratados por jóvenes directores y directoras, que en el caso de Alfredo Pourailly De La Plaza se ha dado más de doce años de su vida para madurar un proyecto como el riguroso documental de observación La fabulosa máquina de cosechar oro, sobre uno de los últimos pirquineros de oro en Tierra del Fuego. En el otro extremo del país, en el Desierto de Atacama, nos impresionan las vulneraciones de derechos de niñas en la ficción Sariri de Laura Donoso.
El duelo postergado se desarrolla delicadamente en Una luz negra de Alberto Hayden por la coincidencia de nombres entre un hijo fallecido y un hombre adulto, así como el encuentro entre el plano material e inmaterial a través de la proyección de diapositivas, en el corto Entrará una brisa preguntando por mí de la directora viñamarina Francisca Droppelmann. Así como la película mexicana Martínez de Lorena Padilla, protagonizada por el reconocido actor chileno Francisco Reyes, convierte la obcecación en segundas oportunidades.
Por más de 30 años, el buscador de oro Jorge «Toto» Gessel ha pirquineado a fuerza de picota, excavaciones y canales de agua hechizos en la localidad patagónica de Porvenir en Tierra del Fuego, para extraer la riqueza de la tierra en forma artesanal y «hacer monedas». Sus botas se llenan de agua y suele mojarse al trabajar a la intemperie, por lo que le dio sinusitis, ha sobrevivido a un accidente cardiovascular, a una operación de cráneo y sufre ataques de epilepsia. Pero a sus sesenta años no está dispuesto a quedarse en casa a ver tele, por más que su hijo que maneja una excavadora y es jinete de caballos salvajes, le ruega que se cuide y no se exponga más.
Por más de doce años, el director y fotógrafo documental Alfredo Pourailly maduró la idea y por siete, le siguió la pista a la epopéyica construcción de un tromel para lavar el material rocoso y extraer el mineral que emprendió Jorge hijo, para apoyar con maquinaria el trabajo que su padre hace de forma manual exponiendo su vida. La grabación, que estuvo a cargo del propio Pourailly en la dirección de fotografía (además del guión y la producción ejecutiva junto a Francisco Hervé), comenzó en agosto de 2017 y se extendió por ocho temporadas principalmente en verano hasta convertirse en un riguroso y perseverante seguimiento documental como es La fabulosa máquina de cosechar oro (2024), que se estrena en Chile en Sanfic y que estará en salas del circuito Miradoc en septiembre.
La construcción de esta máquina se vuelve una épica cruzada (probablemente como la propia filmación, que se extendió por tantos años) en un lugar donde el clima es extremadamente inclemente y los materiales de construcción escasean, al igual que el tiempo del hijo para trabajar en el dispositivo después de su jornada laboral construyendo carreteras, que además debe sortear las dificultades de salud que sufre el porfiado padre.
Estrenada en el festival Hot Docs en Canadá, ganadora de Mejor Documental Iberoamericano en el Festival de Cine de Guadalajara y del Festival de Cine de Lima, La fabulosa máquina de cosechar oro es sobre todo un homenaje riguroso de cine de lo real a la persistencia del amor filial en medio de las carencias y la necesidad de cuidados de la vejez, construido a martillazos y soldaduras para ganarle a la muerte una y otra vez.

Cómo las personas existimos de manera esparcida, en la mirada del otro, en su recuerdo y también en los archivos dejados en el mundo digital como en una existencia paralela, es la premisa de Una luz negra (2024) de Alberto Hayden, con las notables actuaciones de Francisco Pérez Bannen (como Jorge) y Patricia Rivadeneira (Josefina), que descubre que su hijo fallecido cuatro años antes comparte el mismo nombre y apellidos que un arquitecto que su hija encontró en internet y también tiene un extraordinario parecido físico con él.
El misterio de la coincidencia de nombres, la investigación genealógica para tratar de explicarlo y la ilusión de Josefina de encontrar en Jorge algo del hijo perdido, se toma la primera parte de esta ópera prima de Hayden que tuvo su estreno mundial en BAFICI en Buenos Aires. La obsesión por encontrar un ligazón lógica entre ambos, desata en Jorge una obsesión por conocer más quién fue el joven que llevaba su mismo nombre, al punto de hacerse de su celular y revisar sus redes sociales que, misteriosamente, siguen activas.
En la segunda parte del filme va cambiando el punto de vista hacia el duelo atrasado de Josefina que se aferra a la ausencia/presencia de su hijo, donde la casa que habita toma un rol fundamental con cuidados encuadres que hacen suponer que no está sola.
Filmada en apenas once días y con recursos muy acotados, este notable drama cuenta con el montaje del reconocido director José Luis Torres Leiva, cuya mano por momentos etérea, onírica y sutil se hace notar en el filme.
Alberto Hayden se preguntaba por qué hacer una película sobre el duelo no habiendo vivido esa experiencia y si los seres seguían existiendo en otro plano. Lamentable y coincidentemente, cuando la película ya estaba grabada su padre falleció (por lo que está dedicada a él), dolor que vino a responder esa pregunta inicial.
Tradiciones que vulneran los derechos de las niñas, matrimonio forzado a corta edad, supersticiones y leyendas machistas asociadas a la cultura minera en el pueblo de La Lágrima (no pudo ser mejor elegido el nombre, dado el dolor de sus habitantes mujeres) son las temáticas de la ficción Sariri de la directora chilena Laura Donoso, filmada en la localidad de Condoriaco en el desierto de Atacama.
Apenas tienen su menarquia las niñas son obligadas a internarse en el desierto (con riesgo evidente para sus vidas), en un ritual que no parece ser cuestionado en el pueblo, salvo por la propia Sariri (11) -que deberá dejar su casa hasta que ya no sangre- y su hermana mayor Dina (16), que le promete en secreto sacarla del pueblo. La propia Dina enfrenta un embarazo no deseado y echa mano de ejercicios y “remedios” para intentar interrumpirlo, como lo han hecho históricamente las mujeres reivindicando sus derechos sexuales y reproductivos.
Las reglas las ponen los hombres en el pueblo de La Lágrima que no se enteró de los progresos civilizatorios conquistados por las mujeres, como un lugar distópico en que no sólo no se cuestionan los roles de género tradicionales que limitan a las mujeres al ámbito privado del hogar, sino que derechamente se vulnera el derecho a la integridad física y psicológica de las niñas y mujeres.
Aunque se trata de una ficción, Sariri se basa en características propias de zonas mineras con una fuerte cultura machista, en que persisten vestigios de mitos como que la presencia de las mujeres en las minas es sinónimo de mala suerte, accidentes o que puede poner “celosa” a la Madre tierra.
¿Cómo fue que el actor chileno Francisco Reyes se convirtió en el protagonista de la película mexicana Martínez (2023) dirigida por Lorena Padilla, nominada al Premio Ariel de la Academia de Cine de México a la Mejor Ópera Prima? La directora, guionista y productora mexicana buscaba un fenotipo muy concreto de un burócrata extremadamente esquemático, agrio y huraño a punto de jubilar, que no cayera en el estereotipo anticuado de una tercera edad en retirada.
Un amigo chileno le envío el trailer de la película de Sebastián Lelio Una mujer fantástica y supo que había encontrado en el actor chileno Francisco Reyes a «Martínez», un chileno viviendo en México que tiene una personalidad hosca y sufre la soledad de un extranjero en una gran ciudad como es Guadalajara (aunque nunca sabemos por qué llegó hasta ahí, porque en realidad no es el tema).
Con más de veinte años trabajando en la misma oficina, usando viejas formas de engrapar y archivar papeles, Martínez desconfía de la tecnología y se enfrenta al momento de la jubilación a sus sesenta años (a la cual se resiste), por lo cual se ve obligado a capacitar a Pablo, un funcionario más joven, para que haga su trabajo cuando él deba retirarse. También integra esta oficina congelada en el tiempo Conchita, que decora su escritorio con coloridos cachivaches y flores, vende dulces a sus compañeros y tuvo la ilusión de acercarse a Martínez, sin resultados (en treinta años él nunca fue a una actividad de oficina).
La muerte de una vecina del edificio hará que Martínez comience a descubrir el mundo a través de las pertenencias de la fallecida, que estaban a punto de tirar a la basura. Amalia, con quien intercambió alguna vez unas breves palabras en la azotea, creyó que una luna de Júpiter llevaba su nombre, aunque Martínez le explicó que no era así. Los libros de cocina, las libretas con listados de lugares por visitar o los adornos navideños de la vecina se convierten en portales hacia otras posibilidades para Martínez, que reordena los vínculos con Pablo y Conchita, quienes creen que tiene una misteriosa novia llamada Amalia.
Esta ficción con altas dosis de humor negro, con planos geométricos de la oficina y un cuidado estilo visual que evoca una férrea burocracia, nos habla de las distintas soledades de los personajes y de segundas oportunidades, con la musicalización de canciones de Camilo Sesto imposibles de no tararear.

La joven directora Francisca Droppelmann heredó de su tío abuelo Fernando una serie de diapositivas de su juventud que ella integró al bellísimo cortometraje Entrará una brisa preguntando por mí (2024), en que los recuerdos de un hombre en su lecho de muerte se proyectan en las paredes de un salón del antiguo y abandonado palacio Guillermo Rivera en Valparaíso.
Con la fotografía de la destacada realizadora Dubi Cano (Las más mayores, 2022), el corto es una suerte de duelo artístico ante la partida de Fernando, a quien Francisca homenajea a través de las imágenes familiares de sus vacaciones, de su amada Ani, de los paseos y celebraciones de cumpleaños, que representan toda una vida que se apaga.
El corto es, justamente, una bella y sutil brisa performática que se cuela entre el movimiento ondulante de las cortinas de las ventanas y de las bailarinas que parecen salir de la proyección, que reflejan la experiencia previa en dirección de arte de la directora Francisca Droppelmann. En la ópera prima Entrará una brisa preguntando por mí, los planos materiales e inmateriales se cruzan para el reencuentro afectivo entre la mujer que partió antes, que espera a Fernando al cruzar el puente del fin de la vida.

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