
Por Marisol Aguila Bettancourt. Periodista, Magíster(c) en Ciencia Política.
Históricamente en Chile, quien conquista el centro político gana la Presidencia de la
República. Con el contundente triunfo de Jeannette Jara en las primarias del oficialismo
con 60% de los votos (en este caso voluntario), se instala la pregunta por el lugar del centro
político, que en la primera vuelta de noviembre todos los candidatos buscarán alcanzar
moderando sus discursos.
Se aleja el fantasma de una segunda vuelta entre dos derechas, pero se hace cuesta arriba
convocar al «votante obligado», que desde que se impuso el voto obligatorio ha tenido un
comportamiento oposicionista a quien esté en el poder (no importa quién) como protesta
contra la clase política y, podríamos decir, las promesas incumplidas de la democracia.
Esto, en un movimiento pendular que va de un lado al otro: desde una justificada movilización contra los privilegios (que persisten) y un entusiasmo por los cambios, a una oposición a ellos por miedo y trauma (la clase trabajadora fue la que más perdió con el
estallido social).
Se instala una aspiración a la estabilidad y el orden, en medio de un crecimiento de la preocupación ciudadana por temáticas tradicionalmente más asociadas a la derecha, como la inseguridad y la migración irregular. Y a nivel global, una ola de regresión autoritaria impulsada por populismos de derecha y ultraderecha que prometen mano dura y mejoras económicas, pero una vez llegados al poder restringen derechos y libertades individuales, al punto de imponer retrocesos civilizatorios (Trump, Milei, Bolsonaro, Orban).
Si bien es cierto las primarias oficialistas convocaron 350.000 votantes menos que las del mismo sector en 2021, alcanzaron el mismo millón 400 mil personas de las primarias de la derecha en 2017 y sólo 60 mil votos menos de los que obtuvo Piñera en esa elección interna (cifras que en su momento fueron consideradas un éxito), con los que posteriormente se convirtió en Presidente por segunda vez.
El primer sondeo presidencial post primarias oficialistas Panel Ciudadano UDD, arrojó por primera vez un sorpresivo triunfo de Jeannette Jara en primera vuelta con 26% (que representa un aumento de 13 puntos desde la anterior medición a principios de junio), seguida por Kast con 23% (que mantiene su votación) y en un tercer lugar la candidata que hasta hace poco parecía que tenía la carrera ganada, Evelyn Mathei, con 19% (tres menos que en el sondeo anterior).
En segunda vuelta, el triunfo se lo llevaría Kast con 46% frente a Jara con 34%. Sin embargo, el 20% de indecisos podría definir la elección. Los casi cinco millones de votantes nuevos que se sumaron al padrón electoral con el voto obligatorio, son altamente volátiles en sus decisiones y con desarraigo ideológico, lo que aumenta la incertidumbre de esta elección.
En el sondeo del Panel ciudadano-UDD se puede observar cómo Jeannette Jara tiene mayor votación en el «votante habitual» (voto duro) por sobre el «obligado» por el voto obligatorio (33% y 19%, respectivamente); mientras en el caso de Kast es todo lo contrario (20% habitual y 26% obligado), evidenciando cómo ha calado en un electorado indignado y
desafectado de la política su discurso de ultraderecha populista y restaurador del orden
pinochetista, que ha logrado superar a la derecha tradicional.
Luego vendrían más encuestas con un alza sostenida de Jara tras su triunfo en las
primarias, posicionándose holgadamente en el primer lugar en primera vuelta: con 39% de
apoyo (con un punto más que la suma de los dos candidatos que la siguen) según Data
Influye (23% Kast; 15% Matthei); 26% Cadem (Kast 22%, Matthei 12%); 29% Criteria (Kast
22%, 17% Matthei), volviéndola sorprendentemente competitiva en una elección que hasta
unos meses daba por grabadora a una alicaída y errática Matthei, donde Kast sería su
contendor en segunda vuelta.
Nostálgicos pinochetistas
A la luz de los resultados de la primaria oficialista, se ha señalado que el centro político se
ha vaciado (espacio que podrían ocupar nuevos candidatos como el outsider Mayne-
Nicholls o el “papito corazón” Franco Parisi, que en realidad es de derecha) y que la
elección se ha polarizado, entre la ultraderecha y la izquierda «más radical». Sin embargo,
cabe hacer una distinción que vuelve incomparable los supuestos ambos polos; mientras los
candidatos ultraconservadores, pinochetistas y religiosos Kast y Kaiser apuestan por
propuestas que rayan en la regresión de derechos (así lo demostró la fallida propuesta
constitucional conducida por el sector Republicanos), la candidata de la coalición de centro
izquierda ha dado una prueba de blancura con su capacidad de llegar a acuerdos para
impulsar la reforma previsional (insuficiente, pero un avance), incluso negociando con la
derecha y el empresariado. Por un lado, unos son nostálgicos de tiempos dictatoriales; por
el otro, Jara tiene un discurso moderado y conciliador, no polarizado (no promueve la
revolución ni la extinción del Estado).
Desde la candidatura oficialista se propone expandir la base de apoyo de Jara incluso hacia
sectores democratacristianos, que ya logró el apoyo de personajes emblemáticos como el
Segundo Vicepresidente de la Cámara de Diputados y Diputadas, Eric Aedo; la senadora
Yasna Provoste; e implícitamente el del senador Francisco Huenchumilla (lo que presiona la
decisión que deberá tomar su Consejo Nacional), que acercan la posibilidad de una lista
parlamentaria única con la centroizquierda, para enfrentar el riesgo de desaparición del
partido (sólo sacó 4,5% en la última elección parlamentaria y podría aplicarse el artículo 56
de la ley de partidos políticos si saca menos de 3%).
Un inesperado apoyo obtuvo Jara del decé Ignacio Walker, que en una columna señaló que
si se imponen las intuiciones y pulsiones de la candidata, Jara será la continuadora de
Pedro Aguirre Cerda y el Frente Popular, y de Michelle Bachelet y la Nueva Mayoría.
También sorpresiva desde el análisis político fue la opinión del Rector de la Universidad
Diego Portales, el liberal Carlos Peña, que consideró la campaña anticomunista como
irracional y absurda, destacando que el PC está en una lucha electoral democrática, en
coalición con el Socialismo Democrático y el Frente Amplio, con quienes gobernaría de
llegar al poder.
Por otra parte, el actual Presidente de la Democracia Cristiana, Alberto Undurraga, que ha
debido lidiar con el cisma del partido y la salida de militantes, ha señalado que la DC no está disponible para votar por la derecha, pero ha mostrado reparos en apoyar a la líder comunista.
Pueblo v/s elites
Volviendo a la pregunta inicial por el centro político, es bastante probable que éste desborde
a los partidos que otrora lo representaban y que posiblemente ya no lo hacen. Tal vez el
centro esté permeable a una propuesta programática que sea capaz de combinar una idea
de país que reduzca la desigualdad e inequidad con mayor justicia social y, a la vez, de dar
respuestas efectivas a las legítimas preocupaciones ciudadanas del día a día, sin perder la
esencia de un ideario progresista, pero en un lenguaje cercano e integrador.
En definitiva, el desafío es llegar a los votantes «obligados» que probablemente ya no se
mueven en el tradicional eje izquierda-derecha y, alarmantemente, tampoco en la fractura
democracia-dictadura (muchos de los jóvenes que se han integrado al padrón ni siquiera
hacen esa distinción, porque no conocieron la cancelación de derechos ni la violación de
derechos humanos).
El clivaje pueblo versus élites, mantiene su vigencia como una oportunidad para una
candidata que representa la meritocracia y que se opone a los privilegios y que, además de
sus habilidades blandas y comunicacionales, tiene capacidad de gestión y de llegar a
acuerdos. Asimismo, como mujer es quien tiene las mejores cartas para enfrentar lo que
parece una nueva fractura política, la de género: ellas (que son mayoría en el padrón
electoral) cada vez más progresistas y ellos cada vez más conservadores y nostálgicos de
sus privilegios. La carrera presencial está abierta y puede que nuevamente tenga nombre
de mujer progresista.-

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