
Por Marisol Aguila Bettancourt. Periodista y crítica de cine.
Por más de 30 años, el buscador de oro Jorge «Toto» Gessel ha pirquineado a fuerza de picota, excavaciones y canales de agua hechizos en la localidad patagónica de Porvenir en Tierra del Fuego, para extraer la riqueza de la tierra en forma artesanal «como los antiguos» y «hacer monedas». Sus botas se llenan de agua y suele mojarse al trabajar a la intemperie, por lo que le dio sinusitis, ha sobrevivido a un accidente cardiovascular, a una operación de cráneo y sufre ataques de epilepsia. Pero a sus 56 años (que por las duras condiciones laborales parecen más) no está dispuesto a quedarse en casa a ver tele, por más que su hijo que maneja una excavadora y es jinete de caballos salvajes, le ruega que se cuide y no se exponga más.
Por más de doce años, el director y fotógrafo documental chileno radicado en España, Alfredo Pourailly, desarrolló el riguroso documental La máquina de cosechar oro (2024) y por siete, le siguió la pista a la epopéyica y larga construcción de un tromel para lavar el material rocoso y extraer el mineral que emprendió Jorge hijo, para apoyar con maquinaria el trabajo que su padre hace de forma manual exponiéndose a las inclemencias del tiempo fueguinas.
La fabulosa máquina de cosechar oro es un retrato íntimo del vínculo de un hijo que llega a construir un complejo dispositivo para proteger a su padre de la muerte que le ronda.



Inicialmente, Pourailly había comenzado a hacer seguimiento a una pareja que vivía al sur de Tierra del Fuego en un sector al que sólo se podía llegar en barco, donde iban a construir un camino que los sacaría del aislamiento. Pero estas personas se fueron de la isla, por lo que debió buscar nuevos personajes. En vez de la construcción de la ruta, el documentalista documentó la fabricación de la maquinaria para seleccionar el oro, que en realidad es una historia de amor filial.
Asimismo, más que una película sobre la precariedad laboral o la falta de previsión social de un trabajador informal de la minería artesanal, La fabulosa máquina de cosechar oro es un retrato íntimo del vínculo de un hijo que llega a construir un complejo dispositivo para proteger a su padre de la muerte que le ronda.
La grabación, que estuvo a cargo del propio Pourailly en la dirección de fotografía (además del guión y la producción ejecutiva junto a Francisco Hervé), comenzó en agosto de 2017 y se extendió por ocho temporadas principalmente en verano hasta convertirse en un perseverante seguimiento documental, que es parte de las salas del circuito Miradoc en septiembre.



Dicho registro, es un ejercicio de observación en extremo riguroso, en el que Pourailly esconde los vínculos afectivos que se fueron creando durante tantos años y que sólo se cuelan en un ofrecimiento de un café que le hace Toto al director y que éste no responde para no aparecer ni quitarle protagonismo. El equipo estaba presente al momento del accidente, pero no lo registró porque la prioridad era llevar a Toto hasta un centro asistencial, aunque el wasap que relata lo sucedido es real y las imágenes que lo grafican también, pero de otros momentos.
La construcción de esta máquina se vuelve una épica cruzada (probablemente como la propia filmación, que se extendió por tantos años) en un lugar donde el clima es extremadamente inclemente y los materiales de construcción escasean, al igual que el tiempo del hijo para trabajar en el dispositivo después de su jornada laboral construyendo carreteras, que además debe sortear las dificultades de salud que sufre el porfiado padre.
Estrenada en el festival Hot Docs en Canadá, ganadora de Mejor Documental Iberoamericano en el Festival Internacional de Cine de Guadalajara en México y de la Competencia de Cine Chileno de Sanfic (ex aequo con Aullido de invierno de Matías Rojas Valencia), La fabulosa máquina de cosechar oro es sobre todo un homenaje riguroso de cine de lo real a la persistencia del amor filial por un padre al que la muerte le pisa los talones una y otra vez.

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