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DemocracineDemocracine Democracia y Cine: crítica de películas que contribuyen al debate democrático. ...... Marisol Aguila Bettancourt

“Playa grande. Cartagena 1983-1984”: Proletariado veraniego

Por Marisol Aguila Bettancourt. Periodista y crítica de cine.

Es bastante probable que los pobladores que en 1983 sostuvieron la resistencia a la dictadura civil-militar de Pinochet en las protestas en las poblaciones de las grandes ciudades, sean los mismos que llegado el verano arrendaban un camión entre varias familias, lo amoblaban con colchones y partían al más popular de los balnearios, instalando en la playa carpas improvisadas con frazadas de cuadros café con blanco.

Esa dimensión veraniega y relajada de la clase obrera y popular, alcanza en las notables fotografías en blanco y negro de “Playa grande. Cartagena 1983-1984”, el nuevo libro de Leornardo Infante, fotógrafo e integrante en la época de la mítica Asociación de Fotógrafos Independientes (AFI), una dimensión de archivo histórico que supo aguardar cuarenta años para aparecer en forma de objeto de arte.

Los negativos guardados en cajas de zapatos por años esperando su momento por Infante (que sabía que tenían algún destino y cuando las tomó tenía la convicción de estar haciendo arte), salen a la luz y no sólo se convierten en fotografías en papel fotográfico -como debe ser- para ganarle un lugar al tiempo, sino que su calidad artística los convierten en un nuevo libro de tapas duras de la colección de Fotografía de Editorial LOM.

Ya llegados a Cartagena los trasplantados desde Santiago y otras localidades, la costanera se convierte en la avenida más transitada de la población, con el sonido constante de la cumbia o los corridos de la radio a transistor en mano, los niños en brazos, los bolsos con ropa de baño (en su defecto, a pura polera y calzón nomás, como era antes). Porque el mar en verano es un derecho de los pobres, que más felices que perro con dos colas se bañan en el mar, porque la playa debería ser de ellos más que de nadie. La temporada estival como un paréntesis y una ilusión.

En la línea de la película “Morir un poco” (1967) de Álvaro Covacevich -en que un hombre sale a la calle en la explotadora dinámica de ir de la casa al trabajo y viceversa y, una vez al año, se libera en la playa-, las y los fotografiados por Infante hace cuatro décadas gozando de la arena, los chupetines helados o el taca-taca, reivindican su derecho al goce al menos por unos días.

La playa de Cartagena que homenajea el libro de Infante reproducía en la arena los quehaceres domésticos de la sostenibilidad de la vida, como preparar la comida, hacer el asado, pero ahora ya no en los suelos de tierra o de radier sin revestir de las poblaciones callampas de la época, sino a pasos del mar y con melón con vino para maridar cualquier alimento.

Como señala tan hermosamente en el texto del prólogo el periodista radicado en Algarrobo Jorge Garrido, Infante vio en algunos de los viajes que realizó a Cartagena para documentar la esfera popular, sus sonidos y colores, “a la estirpe de quien no le teme a los trajes de baño enchulados a partir de calzoncillos o calzones jetones, ni a mocos con arena adentrándose impunemente hacia bocas sin chocleros, ni a oscuras pieles proletarias más ennegrecidas que nunca por el sol”.

A pocos días de cumplirse 51 años del golpe de Estado en Chile, libros de fotografía como “Playa grande. Cartagena 1983-1984” de Leonardo Infante, vienen a rescatar al sujeto histórico proletario, tan valiente y fundamental en la recuperación democrática por su resistencia en las calles, en su dimensión lúdica y veraniega, que incluso en los tiempos más oscuros se las arregló para seguir la vida en medio de la lucha.

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