
Por Marisol Aguila Bettancourt. Periodista y crítica de cine.
La manera de abordar la violencia contra la mujer de manera frontal (pero a la vez tolerable en la pantalla) que encontró la actriz, comediante, cantante y directora italiana Paola Cortellesi en su ópera prima «Siempre habrá un mañana» (2023) -que también protagoniza-, fue situar este flagelo contemporáneo que es la expresión más grave y brutal del sistema patriarcal que persiste hasta hoy, en la postguerra italiana en 1946. Probablemente para los cinco millones de espectadores italianos que acudieron al cine a verla convirtiéndola en todo un record de taquilla, sea más fácil situarla en una pasado complejo y empobrecido de Italia, que reconocerla en la actualidad, donde los femicidios en el país de la bota llegaron a 118 en 2023.
Usando el blanco y negro y el formato 4:3 como en las películas neorrealistas italianas de la época, Cortellesi inteligentemente enfrenta un tema tan complejo y doloroso como la violencia de género a través de una comedia dramática, donde los agresores -su marido y su suegro abusivo (al cual debe cuidar, además de realizar los quehaceres domésticos y trabajos remunerados fuera de la casa)- aparecen con planteamientos que llegan a lo ridículo, para evitar algún tipo de identificación por parte de hombres jóvenes.
La violencia de género y su círculo vicioso de agresión-arrepentimiento-perdón, es coreografiada como un baile perverso en que el marido la golpea, la abraza, le pide perdón y la vuelve a ahorcar.

Delia, a quien Cortelessi interpreta además de dirigirse a sí misma, es una mujer anónima que la Historia no recordará con ninguna placa, a pesar de haber sobrevivido a la guerra, la hambruna y a un marido violento que la maltrata física y psicológicamente, incluso delante de sus hijos. La mayor, Marcella, no comprende por qué su madre aguanta las agresiones de su padre, llegando a decirle, incluso, que preferiría suicidarse antes que terminar como ella. Marcella se compromete con un joven acomodado que a poco andar va mostrando la peor cara del machismo, exigiéndole que deje de maquillarse y advirtiéndole que cuando se casen deberá dejar de trabajar, situación en que Delia se ve reflejada a sí misma, por lo que hará algo bastante radical al respecto.
La violencia de género y su círculo vicioso de agresión-arrepentimiento-perdón, es coreografiada como un baile perverso en que el marido la golpea, la abraza, le pide perdón y la vuelve a ahorcar, dejando que el espectador complete la escena e imagine la gravedad de los golpes propinados a la mujer a la que dice seguir queriendo, pero continúa violentando. La hija lleva a sus hermanos menores a su pieza y las vecinas se enteran desde afuera (aunque no hay gritos) cada vez que Delia es agredida, en un ritual brutal, abusivo y cruel que se repite una y otra vez, con la excusa de que el marido andaba «mal de los nervios» y que arrastra el trauma de haber participado en dos guerras mundiales.

Además de usar la comedia para un abordaje dramático y así llegar al gran público, la directora, protagonista y guionista utiliza el musical para expresar el sentir de los personajes no a través de diálogos, sino de canciones populares.
La película está plagada de afirmaciones machistas por parte de los personajes masculinos que dan cuenta de un sistema de creencias y un constructo social profundamente arraigado en la sociedad, como es el patriarcado. «Sergio va al colegio porque es hombre», le dice el padre a la hija, a la que no le permite estudiar porque espera que se case. «Voy a escoger yo por ella», señala el suegro de Marcella pensando cuando su hija se case y él le elija un marido. «Tienes que aprender a tener la boca cerrada» o «no te metas en discusiones que no te competen», se escucha de hombres haciendo callar a las mujeres cuando opinan de política, advirtiéndoles que ése no es su lugar.
Género y clase son dos categorías que se cruzan en «Siempre habrá un mañana», donde a las mujeres lavanderas no les está permitido usar el ascensor del edificio para colgar las sábanas en la azotea y las dueñas de casa deben hacer largas colas para comprar comida en tiempos de escasez para la clase obrera.

La habilidad narrativa de Cortellesi no se agota en usar el envoltorio de la comedia y el musical para «contrabandear» un contenido complejo como la violencia contra las mujeres para llegar a las audiencias, sino que logra situar, a través de un final sorpresa que no conviene adelantar, las pequeñas historias en la gran Historia de sororidad y conquista de derechos civiles y políticos de las mujeres italianas.
«Siempre habrá un mañana» de la multifacética Paola Cortellesi fue el estreno italiano más visto en ese país el 2023 (superando, incluso, a Barbie y Oppenheimer) y arrasó con los premios David Donatello -los «Oscar italianos»- en la categoría de Mejor actriz protagónica y de reparto, Mejor debut como directora, Mejor guión original y Premio del público, por su lograda apuesta por abordar problemáticas sociales de hoy como si fueran de otra época.
Aporte al debate democrático: «Siempre habrá un mañana» de Paola Cortellesi (Italia, 2023) instala subrepticiamente una conversación sobre el derecho a una vida libre de violencia, la histórica conquista de derechos de las mujeres y refresca la memoria al retrotraer la lucha por la República contra el fascismo y la monarquía. Ello, en tiempos actuales desmemoriados en que en Italia gobierna la extrema derecha neofascista y ultra conservadora, que se opone al aborto y a los derechos de la diversidad sexual.

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