
Por Marisol Aguila Bettancourt. Periodista y crítica de cine.
Un verdadero viaje por las tensiones de la historia reciente de un Portugal que hace cincuenta años superó una dictadura corporativista de más de cuatro décadas -el Estado Novo- con la «Revolución de los Claveles», fue al que nos invitó la cuidada curatoría de la 8va Semana de Cine Portugués en la Cineteca Nacional reforzando la memoria política, cinematográfica, migrante y anticolonial, que incluyó una equilibrada combinación de archivos históricos en 16mm de esa época restaurados por la Cinemateca Portuguesa, el filme inaugural del Cinema Nuovo Portugués y su revisita, y películas más recientes con temáticas sociales, formatos musicales y hasta experimentales.
Dado el trauma histórico que vivimos en Chile con el golpe de Estado de 1973, resulta contraintuitivo ver imágenes de un pueblo celebrando en las calles junto a militares y tanques en un movimiento popular-militar, como ocurrió en la «Revolución de los Claveles» en abril de 1974. Tras escuchar canciones de fado en la radio como señal secreta del alzamiento, jóvenes oficiales que se negaban a seguir luchando las guerras colonialistas portuguesas, se rebelaron contra el dictador Antonio Oliveira Salazar, logrando su derrocamiento y el inicio de la recuperación democrática después del totalitarismo, la censura y la restricción de libertades por décadas bajo el fascista lema «Dios, Patria y Familia».
Resulta especialmente emocionante ver los masivos vítores al unísono de la canción del grupo chileno Quilapayún «El pueblo unido jamás será vencido» durante la «Revolución de los Claveles».
Tres cortos integraron el Foco «50 años de la Revolución de los Claveles», movimiento rebelde que debe su nombre a que los soldados del Movimiento de las FF.AA (MFA) levantados en armas pusieron en las bocas de sus fusiles claveles rojos regalados por mujeres de Lisboa que celebraban la victoria, como un gesto de que el alzamiento sería pacífico.«Paredes pintadas da Revolución Portuguesa», Antonio Campos (1967); «Cravos (Claveles) de abril», Ricardo Costa (1976) y «A luta do povo, alfabetización en Santa Catarina», Grupo Zero (1976) nos trasladan a una época de movilización popular antifascista, justo en tiempos en que los populismos, los neofascismos y la ultraderecha arremeten, una vez más, como en una peligrosa marea.

Visionar archivos históricos de la liberación portuguesa imprimen un profundo valor al acto de recordar/conocer la resistencia de un pueblo en las calles enardecido gritando ¡Victoria!; los sentidos cánticos que hablan de la «tierra de fraternidad » y que «es el pueblo el que más ordena»; la liberación de los prisioneros políticos detenidos por la temida Policía Internacional y de Defensa del Estado (PIDE), que vuelven en tren a su tierra recibidos con ramos de claveles rojos; o la conmovedora alfabetización de adultos ya ocurrida la revolución, que no aprendieron a leer de pequeños porque fueron obligados a trabajar y sólo los terratenientes y sus hijos podían estudiar. Resulta especialmente emocionante ver los masivos vítores al unísono de la canción del grupo chileno Quilapayún «El pueblo unido jamás será vencido», constatando que se convirtió en consigna universal en esa época y cada vez que el pueblo se moviliza contra la opresión y las injusticias.

El pasado y lo contemporáneo se cruzan en tres películas que ponen en el centro a la ciudad de Lisboa. La primera es la que inauguró el movimiento «Cinema Novo Portugués» de la mano de Paulo Rocha en 1963 con «Os verdes anos», restaurada por la Cinemateca (con supervisión del maestro Pedro Costa) logrando con vibrantes colores, retratar el vínculo entre un joven zapatero que llega a la ciudad y enfrenta la frustración de los bajos salarios, y una trabajadora de casa particular que vive al ritmo de sus patrones. Julio e Ilda recorren las calles lisboetas en sus paseos de día libre dominguero, que sesenta años después los directores Joao Pedro Rodríguez y Joao Rui Guerra da Mata homenajean en «Onde fica esta rua pu sem antes nem despois» (2022), visitando en cada toma de la película original los lugares actuales (el taller de reparaciones de zapatos transformado en estacionamiento de bicicletas, el departamento de lujo convertido en oficinas) con la participación de la actriz protagónica actualmente octogenaria, Isabel Ruth, en un par de escenas de tono musical. Por último, la capital del que fuera el Imperio portugués es rescatada de los archivos de películas portuguesas históricas, en un interesante ejercicio de montaje en «Lisboa no cinema, um ponto de vista» (1994) de Manuel Mozos.
Manteniendo la ruta de la solidaridad de clase, la muestra de cine portugués incluyó la ficción dramática «Legua» (2023), de les directores portugueses Filipa Reis y Joao Miller Guerra estrenada en la Quincena de Realizadores. Ana es una energética y esforzada trabajadora de casa particular que mantiene limpia y ordenada una casona rural en el pueblo de Legua en el norte de Portugal (que da nombre a la película), a la espera de la visita de los patrones que viven en Lisboa y que nunca van a su segunda vivienda. En una jerarquía que da el tiempo y los años, Ana obedece las instrucciones no de la patrona (siempre ausente), sino de la refunfuñona ama de llaves Emilia, quien la insta a hacer los quehaceres con obsesivo esmero y exagerada dedicación, porque en esa casa siempre fue así, aunque no hubiera nadie de la familia dueña de la casa.
Siguiendo el ciclo de la vida, las estaciones del año y la agricultura en el tratamiento de la tierra, Reis y Miller construyen una conmovedora historia de solidaridad intergeneracional entre mujeres, cuando Ana -sin tener vínculos sanguíneos con ella- se hace cargo de la anciana y enferma «Milinha», que ha vivido por más de cuarenta años en la casa en la que sirve, pero no es la suya.
El trabajo doméstico y de cuidados realizado por Ana en su jornada laboral, en su propio hogar y en el vínculo afectivo que la une a la solitaria anciana (con la que ha trabajado siempre, quien ayudó a criar a sus hijos y a quien siente que no puede abandonar en la etapa final de su vida), es tratado por les directores con profundo reconocimiento por esta labor invisibilizada, contrastando tres generaciones de mujeres en distintas etapas de su vida: la madurez de Ana, la modernidad de su hija universitaria y la decadente vejez de Emilia.
Ana pasa más tiempo en la casona que limpia y cuida (en la que Emilia vive como empleada «puertas adentro») que en su propia casa, lo que lleva a reflexionar sobre quiénes son los verdaderos dueños del lugar: ¿los propietarios que pagaron por ella o quienes la cuidan, mantienen y habitan día a día, aunque no sea de su propiedad?
La extrema precarización del trabajo en una construcción, la migración africana a Portugal, la gentrificación de Lisboa, la masculinidad obrera son algunas de las múltiples capas que explora con profunda sensibilidad y un análisis certero, el director portugués Joao Rosas en el notable documental «A morte de uma ciudade» (2022), como realidades que también se hacen palpables en otros lugares del mundo como tendencias globales del capitalismo.
El director se instala a observar el proceso de demolición de una antigua imprenta para construir departamentos, con el encargo de registrar los avances de la construcción. Pero más que por materiales, grúas o cemento, Joao Rosas se va interesando en esas caras anónimas (por lo general de la negritud migrante de Cabo Verde y otros países africanos) que se van volviendo familiares, hasta que son cambiadas a otras obras en una constante rotación. Las empresas tipo agencias que los subcontratan y venden su trabajo físico en un aberrante modelo de empleo temporal y por jornadas (que les impiden generar vínculos con sus compañeros, organizarse y hasta mantener un trayecto del trabajo a la casa conocido y permanente), se quedan con buena parte del negocio de mano de obra y retribuyen a quienes lo realizan con un salario ínfimo.
En ese ir y venir vertiginoso de trabajadores que registran en sus cuerpos la dureza del trabajo pesado, el director portugués va descubriendo historias de vida de hombres (casi no aparecen mujeres en las dos horas de película) que han llegado a la ciudad escapando de la pobreza de sus lugares de origen, muchas veces teniendo que separarse de su familia para terminar viviendo en pobreza en barrios segregados en la periferia, con la esperanza de una mejor vida que parece no llegar. En una historia de imposibilidad de reunificación familiar de migrantes que recuerda a «Vitalina Varela» (2019) de Pedro Costa, a sus cincuenta años uno de los obreros se dirige a la cámara para consultar si el ayuntamiento le puede ofrecer una vivienda para traer a su familia desde África, que dejó hace más de dos décadas atrás: en todo ese tiempo no pudo hacerlo, porque una semana hay trabajo en la construcción y a la otra, no.-


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