
Una pintura en movimiento para develar la opresión del campo
Por Marisol Aguila Bettancourt. Periodista y crítica de cine.
Sesenta artistas de Polonia, Serbia, Lituania y Ucrania pintaron al óleo todos los fotogramas de la película «La vida de Jagna» (2023) -en cada uno de los cuales demoraban cinco horas en promedio y en total usaron 1.300 litros de pintura-, un deleite visual que al matrimonio polaco creador de «Loving Vincent» (2017), Dorota Kobiela y Hugh Welchman, les tomó una década culminar, en un valioso ejercicio artístico de puño y mano de pintores y animadores infinitamente superior a lo que habría podido ser un filtro o aplicación de inteligencia artificial.
«La vida de Jagna» goza de una prodigiosa técnica de coloridos trazos, que empalma magistralmente el cine, la pintura y la literatura.
Representante de Polonia en los premios Oscar, La vida de Jagna está basada en la novela épica «Los campesinos» (1909) del Nobel de Literatura W.S.Reymont, distribuida en las cuatro estaciones del año en una aldea que vive de la agricultura y la creencia de que «el amor va y viene, pero la tierra permanece».
El trabajo duro en el campo, las tradiciones y costumbres populares, los bailes desenfrenados y festividades carnavalescas, los ácidos rumores y habladurías y un catolicismo ortodoxo que lleva al pueblo a actuar en manada, son el telón de fondo de «La vida de Jagna», una bella y liberada joven que no necesitaba a los hombres para forjar su vida, que resulta víctima de matrimonio forzado con un anciano rico a cambio de tres hectáreas de tierra y de una cacería de una multitud desbordada.
La belleza de los paisajes de la campiña polaca a fines del siglo XIX, así como la violencia entre hombres que pelean por territorio y contra las mujeres -que son prácticamente vendidas en una retrasada sociedad profundamente patriarcal-, adquieren mayor dramatismo e intensidad en la prodigiosa técnica de coloridos trazos de esta película que empalma magistralmente el cine, la pintura y la literatura.
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