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DemocracineDemocracine Democracia y Cine: crítica de películas que contribuyen al debate democrático. ...... Marisol Aguila Bettancourt

Emilia Pérez: el utilitarismo de la industria

Por Marisol Aguila Bettancourt. Periodista y crítica de cine.

Una buena manera de aproximarse al cuestionable musical melodramático Emilia Pérez -que transcurre en el submundo del narco y las desapariciones forzadas en México, sin mexicanos ni una investigación exhaustiva por parte del director francés Jacques Audiard sobre las complejidades del fenómeno social y político- es preguntarse por qué los europeos la multipremiaron en Cannes y los académicos norteamericanos se maravillaron con ella hasta nominarla en 13 categorías a los premios Oscar (incluida Mejor Película), mientras los mexicanos y latinoamericanos la cuestionan indignados. 

Y, a renglón seguido, es un buen ejercicio vincular su sorpresivo y sobrevalorado auge con su más rápida caída por asuntos extracinematográficos, que vienen a evidenciar la falta de convicción de la película con los temas difíciles que trata, utilizándolos meramente como gancho marquetero y extractivismo cultural. Los escándalos en torno a la película, que se multiplicaron al ritmo de la cuenta regresiva de los Oscar, no hicieron más que demostrar que la agenda de la diversidad progresista que supuestamente pretendía representar, no era más que una cáscara o parte del negocio de la exotización y la explotación estética desde el mundo desarrollado. 

Con el mismo pragmatismo y utilitarismo con que el sistema impulsó la película de manera exagerada, la producción y distribución dejó caer a su protagonista, la actriz trans española Karla Sofía Gascón.

En Emilia Pérez lo que en verdad sucede es que la industria -una vez más- se apropia de narrativas de marginación, disidencias sexuales y grupos históricamente discriminados como un «anzuelo de premios» (tal como un check list de temáticas que podrían ser del agrado de la Academia) con fines utilitaristas, pragmáticos y comerciales. Una forma en que históricamente las élites/la publicidad/el cine integran/usan discursos aparentemente de vanguardia para convertir a los disidentes en un potencial público engañosa e ilusamente representado. 

Con el mismo pragmatismo y utilitarismo con que el sistema impulsó la película de manera exagerada, la producción y distribución dejó caer a su protagonista, la actriz trans española Karla Sofía Gascón luego de sus lamentables declaraciones cuando ya no les sirvió y se volvió una enemiga involuntaria de su propia película, que fue cancelada por sus tuits racistas, xenófobos y ofensivos. Al punto que Netflix la dejó fuera de la promoción del filme en Estados Unidos, no será invitada a la premiación de los Premios Goya y el propio Ministro de Cultura español debió salir a aclarar que los dichos de la actriz no representan a la sociedad española. 

El cuestionado pensamiento político conservador y ultrajante de la actriz española, con comentarios ofensivos en X hace algunos años contra los musulmanes, el afrodescendiente asesinado por la policía George Floyd y los propios Óscar (que en 2021 calificó como festival «afrocoreano»), da cuenta de que no basta con que una persona tenga una determinada identidad sexual, si no tiene «conciencia de género» y de las discriminaciones estructurales que han sufrido históricamente grupos vulnerables. 

No es suficiente la representación de una mujer trans en pantalla grande como una reivindicación política, si su personaje no es capaz de convencer a la audiencia sobre sus profundas motivaciones y dolores por estar encerrada en un cuerpo ajeno; ni tampoco que la persona que la interpreta sea efectivamente una mujer transexual (lo cual es un avance, claro está), si también es racista y xenófoba, echando por tierra su aparente compromiso con las causas de las víctimas de la desigualdad, exclusión y marginación. Una inconsistencia mayúscula. 

Sin embargo, cabría cuestionarse si, más allá de su actitud prepotente y su pésimo manejo de crisis, no hay un ensañamiento con ella como mujer trans en el capítulo farandulizado en que se convirtió la promoción de la película. La temática de la diversidad sexual es utilizada por la industria hasta que le deja de servir para la recaudación económica, incluso si eso significa sacar el rostro de la protagonista del mailing para consideración de los académicos que elegirán los premios Oscar, como si no fuera parte de la película. La cultura de la cancelación es su más oscura expresión. 

En definitiva, Emilia Pérez ha disminuido significativamente sus posibilidades de hacerse con las estatuillas durante la última etapa de votación de los académicos, en que deben votar no necesariamente por la película que más les gustó, sino por la que generó más acuerdo entre ellos. 

Los escándalos -que comenzaron con los dichos de su director Jacques Audiard reconociendo que no le pareció necesario investigar la realidad mexicana- fueron in crescendo hasta convertir la oportunidad histórica de la nominación por primera vez de una mujer trans a Mejor Actriz como un avance civilizatorio, en una persona cancelada y abandonada por su propio director por su impresentable comportamiento. 

Una redención fallida 

Volviendo a los aspectos cinematográficos propiamente tales de la película, la audacia, rareza y ambición de narrar el cambio de sexo del narcotraficante «Manitas del Monte» para convertirse en Emilia Pérez usando el género musical, puede resultar llamativa e innovadora. Ahí no está el mayor problema, aunque la capacidad vocal de las actrices, el pésimo español de Selena Gómez y hasta la falta de métrica dejen bastante que desear, volviendo inexplicable que esté nominada doblemente a Mejor Canción con dos temas diferentes. 

Tampoco en la capacidad infinita que tiene la ficción de inventar los mundos y situaciones más inverosímiles en función de la libertad artística y creativa de sus creadores (al punto de que una abogada interpretada por Zoe Saldaña termine apoyando por dinero a un narcotraficante en su operación de reasignación de género). Eso no está en cuestión como tampoco, necesariamente, que no haya sido filmada en el territorio ni haya incluido a actrices mexicanas en su cast, que era lo ideal (hay buenas películas sobre el país norteamericano que no fueron hechas por mexicanos). 

El punto es que la historia no transcurre en un lugar inventado, sino en México (aunque no se haya filmado ahí), donde el narcoterrorismo ha contribuido a la descomposición de las instituciones y causado cientos de miles de muertos y desaparecidos que sus familiares siguen buscando. Ello es una realidad hoy y no parte de una ficción. 

Tomar esa temática como un ingrediente que se pone en una juguera junto a la identidad de género, la orientación sexual o el protagonismo de tres mujeres, no puede generar una mezcla creíble ni confiable. Especialmente en la segunda parte, donde no se profundiza en el arco narrativo de la supuesta redención de la protagonista, que ya transicionada en mujer busca apoyar con publicidad y medios mediante la búsqueda de los cuerpos de personas que él mismo hizo desaparecer cuando era un hombre narcotraficante. 

En una visión reduccionista, Emilia Pérez representa la transición de género en términos binarios y deterministas que vinculan lo masculino al crimen y lo femenino a la bondad, como si no se tratara de la misma persona. Se impone una mirada de esencialismo biológico que reduce la identidad de género a una operación, que pretende a partir de ella un cambio de personalidad, ideas, concepciones y miradas del mundo bastante más complejo. 

En esta película con trece nominaciones al Oscar, se exotizan los cuerpos trans como en un «parque de atracciones político sexual», en términos del filósofo español trans Paul B. Preciado. La representación en la pantalla grande de grupos invisibilizados no puede ser a costa de exponerlos como seres exóticos y extravagantes. 

Resulta impresentable y ofensivo cómo Emilia Pérez deviene en santa con procesión y todo, ante un pueblo engañado que no conoce su pasado como perpetrador de las muertes y la santifica hasta el absurdo. Más confuso aún es que una familiar de una víctima (la única actriz mexicana, Adriana Paz), haya querido deshacerse de su marido ahora desaparecido porque la agredía (una peligrosa, inconducente e injustificada mención a la violencia de género, mezclada incoherentemente con la acción narco). 

El tema del arrepentimiento, tan crucial para la colaboración en investigaciones judiciales de derechos humanos, es banalizado en un proceso más bien de pantalla, donde los propios narcos y autoridades cooptadas por ellos donan dinero (sucio, por cierto) a la campaña impulsada con bombos y platillos por Emilia Pérez para ayudar a los familiares de las víctimas. 

Explotación de la miseria

A lo que nos enfrentamos en Emilia Pérez es a una película que, en su desconocimiento y hasta faltas de respeto a heridas aún abiertas, no hace más que imponer un imaginario estereotipado y colonialista, en que el primer mundo refuerza su mirada de una Latinoamérica marcada por narrativas de pobreza y marginación que rayan en la pornomiseria o miserabilismo. Su director, Jacques Audiard, termina por reforzar esa idea al señalar que el idioma castellano (que no habla, ni tampoco el inglés) es de «países emergentes, modestos, de gente pobre y migrantes». 

El extractivismo cultural del europeo hacia Latinoamérica se hace un festín en Emilia Pérez, inspirada en uno de los personajes de la novela francesa «Ecoute» de Boris Razon, amigo personal del director, y que no ocurre inicialmente en México. Audiard realiza una explotación estética de la miseria y el dolor de las comunidades afectadas por la violencia, sin una comprensión profunda de sus procesos y dinámicas. 

Ese tipo de miradas sobre realidades sociales complejas viene a reforzar estereotipos y prejuicios que, por ejemplo, igualan migración con narcotráfico o crimen organizado, lo que es especialmente grave en tiempos de deportaciones ilegales del trumpismo que pueden alimentar discursos racistas, excluyentes, ultraderechistas y hasta neofascistas. 

Sabemos que el cine tiene la poderosa capacidad de crear imágenes y lecturas del mundo, que en el caso de Emilia Pérez se vuelven peligrosamente estigmatizantes, lo que explica la fascinación del lado del mundo que impone su imaginario colonialista y banaliza la violencia, y la resistencia de quienes la padecen.-

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