
Por Marisol Aguila Bettancourt. Periodista y crítica de cine.
La música es el motor visceral y emocional del cantante y compositor de la Nueva Ola porteña Ricky Palace (el primer protagónico de Daniel Antivilo) en Los Años Salvajes (2025) del director y escritor Andrés Nazarala, que con el cierre del Bar Cochran en el que cantaba en Valparaíso (que no es una falta de ortografía por Lord Cochrane, sino debe su nombre al cantante de rock Eddie Cochran que murió joven) y la noticia falsa de su muerte publicada en un diario local, se resiste al olvido, reivindica la autoría de sus canciones y emprende un viaje de autodescubrimiento cargado de humanidad y de masculinidad reflexiva.
En esta comedia dramática y melancólica, Nazarala busca acompañar y darle dignidad a sus personajes derrotados, como Ricky Palace.
Nazarala había buscado un cantante maldito de la Nueva Ola y al no encontrarlo en la vida real, lo creó en el puerto y sus bajos, bizarros y nostálgicos fondos. Ricky Palace (el nombre artístico de Ricardo Palacios) se mueve en los bares de la bohemia porteña que sobreviven a la decadencia y la amenaza de desaparición, restaurantes con improvisados y brillantes escenarios entre el humo de constantes cigarros y alcohol que el médico le prohibió terminantemente a este artista, que se volvió de culto y no lo sabe («Wena, Ricky Palace», le gritan al pasar).


Palace le canta a la «Melancolía» por saber que su pareja Marta nunca más va a volver, a quien le dedicó una canción del mismo nombre que su colega Tomy Wolf (Tomás Lobos, interpretado hilarantemente por Alejandro Goic) le arrebató, convirtiéndola en un éxito en México. A pesar de sus dolores y de que «Los años salvajes» lo han llevado a la vida incendiaria en la que está y ni su sombra ya lo quiere acompañar, Palace sigue convencido de que «Soy un Volcán».
El músico, compositor y cantante de la Big Rabia, Sebastián Orellana, pone el sentimiento y la voz a la banda sonora de Los Años Salvajes (recopilada en una playlist en Spotify), que acompaña a Ricky en su travesía por recuperar la dignidad y el espíritu rebelde del rockero de chaquetas de cuero y botas con charros diseños que toca la guitarra eléctrica en bares con escaso público.
La cadencia de la balada y el bolero en las bohemias noches de Valparaíso tienen su espacio en la película con la presencia en la fiesta de cierre del Cochran de la legendaria cantante porteña Lucy Briceño, así como el «Elvis porteño», que aparece en un accidentado concurso del más parecido al Rey del rock en los cerros.
La cámara de la directora de fotografía Paula Ramírez nos conduce a la bohemia porteña con una paleta de colores ocres y verdes acompañando a Palace en una progresión desde la agresividad tan asociada a la masculinidad tradicional, hacia la reflexión íntima y emotiva de un hombre en búsqueda de sí mismo.




Es clara la influencia estética del director finlandés Aki Kaurismaki -que en sus películas les da un lugar a personajes extravagantes y derrotados, donde las bandas de rock en los bares son un escape para la clase trabajadora-, del cual Nazarala cita una escena de la película Un hombre sin pasado con la cabeza de Ricky Palace vendada.
En esta comedia dramática y melancólica, Nazarala busca acompañar y darle dignidad a sus personajes derrotados, como Ricky Palace, y acompañarlo en su proceso de tocar fondo para luego revisar su identidad en esta etapa de la vida.
De la mano esperanzadora de Orlando (interpretado por el gran Pepe Soza), el dueño del bar que decide cerrarlo, cambiar de vida y mudarse al campo donde las personas se levantan temprano y crían gallinas, Ricky Palace se aventura en una cálida reflexión sobre el sentido de la vida, en diálogos profundos y humanos entre dos hombres que se respetan y cuidan en sus afectos. «Con los años uno empieza a entender que ya no necesita de los estímulos del mundo exterior», le dice el personaje de Soza al de Antivilo en su elucubración existencial sobre la masculinidad, cuya amistad entrañable fuera de los escenarios traspasa las cámaras.

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